
Buenas noches. Está bien. A veces cuesta hacer morir la memoria. Y por momentos lo encuentro indispensable, para que deje de doler. Aunque para serme sincera, ya la memoria no me duele, sino que me ceba, me genera una adrenalina, unas ganas de hacer cosas que no puedo ni quiero, pero en mi fuero interno, debo. Buenas noches, está bien. A veces hace bien apagar la última vela y quedar a oscuras. Estar sola en el silencio de las tinieblas y darte cuenta que ahí donde estaba eso que buscabas ahora ya no está. Ahora todo fue devorado por el espacio. No hay paredes, ni techo, ni toldos simulando taparte del sol. Y caminar a tientas por esa masa densa y negra puede ser divertido en cierto punto. Uno logra sacarle el jugo a todo esto. Buenas, noches está bien. Empiezo a sentirme tranquila de saber que no busco nada y que puedo encontrarme con un poco de todo. Porque "tropezón sin caída, adelanta un paso". Y al no ver, se agudizan los sentidos. Dan lo mismo los ojos abiertos o cerrados. La piel se estremece como afiebrada, totalmente sensible a recibir el impacto de cualquier objeto. Los pasos titubeantes, inseguros. Las manos abiertas, expectantes. La garganta se te seca. Ya tiene entendido que no le hace falta hablar, que no hay un interlocutor. El oído se enaltece y corona la percepción. Empezás a escuchar los latidos de tu propio corazón. Y eso es lo que importa. En ese momento, dejás quieto el andar y agudizás tu sexto sentido. La oscuridad comienza a esfumarse en una neblina de humo blanco. Y de a poco el Sol comienza a brillar más fuerte hasta desvanecer totalmente la espuma virtual que no se deja tocar.
Buenas noches, está bien.
Hay manjares urbanos que me cuestan desatar los vicios. Son imágenes grabadas, de placeres momentáneos. Un instante. Un acercamiento a lo más elevado. Tocar el cielo con la mirada, y pestañear. Sentarse en la terraza buscando el silencio. Encender un cigarro y aspirar una bocanada de humo, tal vez de alquitrán, tal vez, de algo más natural. Y retener el humo, echando hacia atrás la cabeza con los ojos cerrados. Y de sorpresa, abrirlos frente al cielo. Y ver las nubes moverse en un silencio desgarrador. Despejar despacio la boca, liberando el humo que se confunde con las manchas blancas del cielo. Tal vez, una mariposa pasó volando en ese momento. El cielo es tan celeste que encandila. Y detrás de esa nube el Sol se deja ver como un reflector constante, latente, candente. Es muy difícil llegar. En ese momento es demasiado fácil y momentáneo. Buenas noches. Ahora sí. Está bien.



