Entre los brotes, las hojas, el sol y la savia, las líneas del infinito marcan la diferencia. Brillan, se columpian en el cielo. Sin saberlo, tejen su casa, se entretienen tejiendo en pós de la colonización y el buen gourmet.
Estrategas, calculadoras, ellas, esas deformes de ocho patas, entretejen con su gracia estas telas espaciales, especiales. Marcan un camino, que recorren a diario en busca del tesoro, del premio, del aguinaldo diario que ellas merecen por ser artistas y artesanas, sin dejar de ser meros animales deformes de ocho patas (o arácnidos, para los más intelectuales).
Tengo una vecina, que sufre de este mal, el de haber nacido con ocho patas y sin ningún escrúpulo. Está a la moda, es ocupa. Tal vez, por necesidad; tal vez, por mera tradición. Sus padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y chosnos fueron ocupas por tradición, inconcientes. Coparon huecos entre ladrillos viejos de una antigua medianera; habitaron en una casa vacía, un armario abandonado que nunca guardó nada; construyeron sus grandes artesanias en las esquinas de la pared de un bar; y debajo de una mesa; y en las cuerdas de un ascensor; y en la planta de un balcón.
Así fue como mi joven vecina, llegó a ser mi vecina y dejar de ser cualquier deforme de ocho patas que anda vagando por el mundo. Ella llegó con alguien, tal vez un amigo, un amante, un hermano, pero por error lo maté. O tal vez fue por descaro, necesitaba decirles, en algún lenguaje común, que ese balcón es mío y que no quiero compartirlo. Es una lástima que el lenguaje común que todos manejamos es la lastimosa ley del más fuerte.
Bueno... ¿en qué estábamos? Ah! sí! Marcan un camino que recorren diariamente, constantes... porque tejen su tela de plata para atragantar a algún insecto al azar que necesite un preciado descanso para tanto vuelo, tanto andar. ¡Morbosas! Ellas sí que juegan con las debilidades de cualquiera: la búsqueda del buen confort es algo que nos atañe a todos los deformes animales que rondamos este planeta, tengamos la cantidad de patas que tengamos.
Pero esta vez, noté algo curioso. Me parece que una que yo sé, tiene un antojo o ganas de pedir un deseo y de que se cumpla. Un pobre panadero cayó en la trampa, atragantado, con su pancito colgando de sus ya débiles hilitos de vuelo. ¿Se cansarán de volar tanto los panaderos? ¿Alguna vez habrán llevado al cielo mis deseos?
Los maldije, voy a ser sincera, porque dudé de ellos por un momento. Me parecieron vagos, irresponsables, atorrantes, desaprendidos, sin vergüenza. Y me alegré que cayera ese ilusionista en la ilustre artesanía de mi amiga, la araña.
¡Felicitaciones, vecina! Al pan pan; y al vino... soda.
Tilt, Sex Pistols y la cultura gráfica Punk.
Hace 14 horas
0 Te escucho:
Publicar un comentario en la entrada